Miguel Ternero, sacerdote asturiano que ha entregado 25 años de su vida como misionero, detalla a ECCLESIA cómo es el día a día de la Iglesia local tras el deshielo de las relaciones entre el régimen de Hanói y la Santa Sede
Ho Chi Minh, la antigua Saigón, es el bullicioso centro económico de Vietnam y símbolo de su rápido desarrollo, pero también alberga miles de historias de fe, persistencia y lucha contra la adversidad. Una de estas voces es la de Miguel, un misionero español que encarna la entrega incondicional al Evangelio en medio del torrente de dinamismo y progresiva prosperidad por el que avanza la nación comunista. Más allá del gran salto material, tecnológico y de modernidad —que también puede suponer un lastre para la espiritualidad, al estilo de las viejas ideologías—, en Vietnam también mira al futuro una comunidad católica vibrante. Y eso que las crecientes relaciones entre la Iglesia y el Estado, desencalladas en los últimos años, no avanzan con toda la fluidez que debieran.
Originario de Asturias y religioso de la Congregación de Hijos del Amor Misericordioso, Miguel lleva 43 años de su vida entregados al sacerdocio. Tras 23 años de misión en la India, Vietnam se convirtió en su nuevo hogar hace ahora dos años. Su testimonio, en plena celebración de la jornada mundial del Domund, es un eco de la misión universal de la Iglesia y un recordatorio de que «merece la pena la alegría de seguir a Jesús y compartir con otros lo que vives».
La experiencia del sacerdote asturiano en Vietnam resulta inspiradora. A pesar de vivir en un régimen comunista, el vigor de la comunidad católica local le retrotrae a su propia infancia, viendo y recordando «iglesias a rebosar cada domingo». En Vietnam, la comunidad católica representa actualmente entre el 6 % y el 7 % de la población —según datos del Gobierno, en 2024 superaban los siete millones de personas—, y cuya «experiencia de persecución, con tantos mártires, ha creado una actitud de fe y fidelidad que puedes experimentar a cada paso», detalla.
La represión, que mantiene la fe robusta e impermeable a la superficialidad, ha llevado a los creyentes a agruparse en núcleos geográficos bien identificados. Durante sus dos años de labor misionera en Vietnam, Miguel ha visitado —además de Ho Chi Minh, donde vive— las comunidades de Vinh, Ha Tinh y el área de Da Lat, si bien «no más de dos semanas cada una», reconoce. Su trabajo, así como el de resto de misioneros en el país, se desarrolla en un contexto de evolución significativa en las relaciones entre el régimen de Hanói y la Santa Sede, completamente rotas desde 1975, bajo el argumento de la cercanía histórica de la Iglesia a la antigua potencia colonial francesa.
Deshielo diplomático
Sin embargo, en 2023 se produjo un hito histórico cuando Vietnam y el Vaticano acordaron formalmente el establecimiento de una Oficina del Representante Papal presente en Hanói. Aunque este convenio no implica relaciones diplomáticas plenas, simboliza un paso delante de la máxima relevancia. En diciembre de ese mismo año —con Miguel llegado hacía relativamente poco al país—, el papa Francisco nombraba a monseñor Marek Zalewski como el primer representante.
La visita, inédita, del secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, el arzobispo Paul Gallagher, en abril de 2024, siguió intensificando las relaciones. El viceministro del Interior, Vũ Chiến Thắng, destacó que este progreso de la bilateralidad era «una alegría compartida con la Iglesia católica vietnamita».
El órgano comunista se comprometió, incluso, a fomentar las relaciones en el principio de respeto mutuo de la independencia, soberanía e integridad territorial, sin interferencia en los asuntos internos, así como a facilitar las actividades religiosas, incluida la católica, para que prosperen dentro de los límites de la Constitución y el marco legal. En este contexto, tanto el Vaticano como Hanói subrayaron la importancia de la comunidad y la promoción de los valores morales del catolicismo de cara al desarrollo y la prosperidad del país, siguiendo el lema de la Conferencia Episcopal de 1980: «Vivir el Evangelio dentro de la nación para la felicidad de los compatriotas vietnamitas».
A pesar del notable avance diplomático en la cúpula, las tensiones persisten, especialmente a nivel local, donde el régimen mantiene el control sobre las actividades religiosas a través de la Ley de Creencias y Religión de 2018. La Comisión de los Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, de hecho, sigue recomendando que Vietnam sea designado como «país de especial preocupación» por sus violaciones de la libertad religiosa.
Mientras tanto, Miguel reconoce que «hay dificultades, pero la mayor parte es positiva», y por ello se reconoce «contento y feliz». Pese a las adversidades, el misionero se centra en lo fundamental: «Compartir la fe con una comunidad en crecimiento —se puede comprobar el aumento en vocaciones, seminarios y sacerdotes— y transmitir la alegría de seguir a Jesús».
En su día a día, Miguel trabaja principalmente con jóvenes y adultos interesados en ingresar a la vida religiosa. La mayoría de los que encuentra en el camino del seguimiento de Cristo provienen de «familias católicas convencidas, que ven en el sacerdote y en el religioso a alguien importante». Al contrario de lo que cabría pensar, su misión va más allá de lo espiritual inmediato: «Ocupo bastante tiempo enseñando inglés e italiano, habilidades que son cruciales para los jóvenes que aspiran a estudios universitarios o para sacerdotes que se preparan para continuar su formación en Roma», explica.
Aprender del lugar
Su rutina es sencilla y rigurosa: «Me levanto a las 4:30 horas de la mañana y hago oración, celebro la Eucaristía, me ocupo de las tareas domésticas y del estudio de la lengua local». El idioma tonal vietnamita, reconoce, es lo que más le cuesta, y este límite afecta a su comunicación con la gente sencilla del barrio. Pese a trabajar duramente en la superación de esta barrera, «la amabilidad y el respeto son constantes, especialmente en los ambientes católicos», aunque también los ha experimentado en sus encuentros con personas de otros credos que desconocen que ese occidental es un sacerdote católico.
Para Miguel, la misión no es un espacio donde imponer unas creencias, una cultura y unas tradiciones determinadas, sino «el lugar donde estoy, comparto, aprendo e intento seguir a Jesús y lo que me pide». La labor de vidas entregadas como la de este sacerdote asturiano cuenta con el apoyo —en la medida de lo posible— de la solidaridad global de la Iglesia, muchas veces canalizada a través de las Obras Misionales Pontificias. El propio sacerdote acredita personalmente haber recibido este soporte, un apoyo que, «si bien no te cambia la vida, sí te ayuda a respirar, especialmente cuando puedes arreglar algo o ayudar a alguien».
La aportación de España al Domund
Desde que está en Vietnam, Miguel ha recibido de don Julián, un párroco y amigo asturiano, un donativo procedente de las dos últimas campañas del Domund. España desempeña un papel crucial en este soporte universal a la Iglesia de Jesucristo: es uno de los países que más misioneros envía a todo el mundo, con 9.648 en total, de los cuales 5.624 están actualmente en el extranjero. Además, es el segundo país que más dinero aporta a las OMP, solo por detrás de Estados Unidos.
La recaudación nacional en 2024 tendrá como resultado una inversión de 10,3 millones de euros en 2025, destinados a financiar 413 proyectos en los 1.131 territorios considerados de misión. Sobre este particular, Miguel, desde Ho Chi Minh lanza una advertencia profética: «Dentro de no mucho tiempo, se necesitará que desde las tierras de misión se manden misioneros a reevangelizar nuestras sociedades europeas».










